¿FELIZ DíA DEL TRABAJO?

30 Abr 2014 | 23:30 h

Recuerdo que allá por los años ochenta se publicaron algunos escritos y tesis en los que se auguraba el fin del trabajo. Se creía que gracias a la tecnología y al incremento de la productividad, se avanzaba hacia una sociedad en la que se iba a trabajar menos horas al año y menos años en la vida. 

Sin embargo ha ocurrido algo bien distinto. En Estados  Unidos y Europa la fila de los desocupados aumentó, como dándole la razón a Carlos Marx: la propiedad privada y la riqueza se concentra en cada vez menos manos.

Y a eso agregamos que en el mundo y el país, el trabajo es precario. No hay estabilidad laboral. Así como aumentan las posibilidades de despido, también las opciones de ser contratados. 

Los puestos de trabajo en su mayor parte se crean a través de la tercerización o “services”,  que en sí quizás podrían ser útiles y justas en la medida que se elimine la sobreexplotación que  propician. Bajo ese sistema, en las faenas mineras, un trabajador de service gana en promedio un 10% de lo que percibe el estable. Los tercerizados no reciben utilidades, servicio médico, refrigerios, sobretiempos, capacitación, seguridad, etc.

Y pensar que ello continúa ocurriendo, no obstante que los gobiernos de Toledo, García y hoy Humala ofrecieron eliminar, o cuanto menos humanizar tan nefasta manera de explotar casi como esclavos a un grueso número de trabajadores. 

No se trata en absoluto de una evolución inevitable del trabajo. Más bien es el resultado de la correlación de fuerzas que se da en nuestra sociedad. En las constantes luchas por el control de la economía y la apropiación de los excedentes de producción, llevan la voz cantante los sectores que configuran el bloque dominante, mientras que en la posición débil figura el mundo del trabajo asalariado, por no hablar ya de quienes ni siquiera tienen la “fortuna” de ser explotados en un puesto de trabajo.

Pero además se está perdiendo una posibilidad todavía más interesante. La de una sociedad en la que el trabajo asalariado ocupe una porción menor de nuestra vida, dando paso a una vida en la que el tiempo libre y el ocio adquieran cierto protagonismo, tal como lo propiciaba, allá por la década del 60, Erich Fromm, que apoyaba a McCarthy por la nominación presidencial demócrata, previas a las elecciones que ganó Nixon, quien especulaba sobre el fin del trabajo y la posibilidad de disponer un ingreso mínimo vital para todos y la creación de puestos de trabajo para mejorar la calidad de vida en la educación, salud y medio ambiente. 

Ello implicaría la modificación del actual  patrón de la producción y del consumo que antes que procurar el beneficio común se rige por criterios de rentabilidad y beneficios estrictamente empresariales. Razones económicas que impiden que tenga alguna posibilidad de hacerse realidad lo que también Jeremy Rifkin planteó en  "El fin del trabajo" a mediados de los años 90: el final del mismo en razón de la globalización y de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación (TIC) que aumentarían la productividad rápidamente. Empero, la respuesta a su inquietud: "Sabemos que se viene el tiempo libre, mucho tiempo  libre. La pregunta que nos planteamos es si va a ser  para disfrutarlo o para hacer filas de desempleados”,  no ha sido hasta nuestros días, nada halagüeña.                    

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