La caída de un gigante

La finlandesa Nokia, otrora monstruo de la telefonía móvil, acaba de ser comprada por Microsoft a precio de regalo. Por si fuera poco, algunos sospechan que el ejecutivo que concretó la venta fue un “topo” de los estadounidenses.

14 Sep 2013 | 14:32 h

Texto: Óscar Miranda.
Fotografía: Agencia Reuters.

“Nuestra plataforma se está quemando…”.

El memorándum interno que Stephen Elop envió a sus empleados en febrero de 2011 tenía un tono de franca brutalidad. Y debía tenerlo. Nokia, la empresa finlandesa de telefonía móvil cuyas riendas había tomado hacía solo cinco meses, era una nave en llamas a punto de zozobrar.

“¿Cómo hemos llegado a este punto? ¿Por qué nos quedamos atrás cuando el mundo a nuestro alrededor evolucionó?”, se preguntaba.

Las ventas de sus competidores Samsung y Apple crecían rápidamente, mientras que las de Nokia se reducían cada vez más. Hacía solo unos años, entre 1998 y 2007, había sido el proveedor de más de la mitad de celulares del mundo. Pero ahora perdía cada vez más terreno.

Unos días después de que se filtrara el memorándum, Elop anunció el cambio. Nokia dejaría de usar su histórico sistema operativo Symbian y lo reemplazaría con el nuevo Windows Phone. Nokia y Microsoft sellaban así una alianza que anunciaba tiempos de recuperación.
Eso no fue lo que ocurrió.

Dos años y siete meses después, en los primeros días de setiembre de 2013, Microsoft se tragó a Nokia.

¿Qué fue lo que pasó?

Quienes buscan explicaciones dirigen su vista a Elop.

Porque, en realidad, este canadiense de 49 años fue, según algunos analistas, un “topo”, un “caballo de Troya”, un “infiltrado”. A pesar de su retórica de capitán preocupado por salvar el barco, siempre habría jugado a dos bandas. O, mejor dicho, a una sola banda, con la lealtad comprometida no con la compañía que le pagaba su –millonario– sueldo, sino con la empresa de la que provenía.
Microsoft.


Dispararse al pie


En Microsoft había sido jefe de la importante área de Negocios, donde destacó, entre otras cosas, por su papel en el lanzamiento de Office 2010. A mediados de ese año, Nokia, que ya empezaba a padecer el crecimiento del iPhone y de los móviles que usaban el sistema Android y necesitaba un revulsivo que sacudiera a la empresa, le ofreció un sueldo de 4,6 millones de dólares al año. Elop dejó a su familia en Seattle y se instaló en Helsinki. Llegó como el salvador.

En ese momento, la compañía se lamentaba de no haber tomado más en serio la aparición del elegante aparato lanzado por Steve Jobs en 2007. No habían sido los únicos. Steve Ballmer, el CEO de Microsoft, se había mofado: “¡500 dólares! Es el teléfono más caro del mundo y no tiene teclado”. No presagiaron que la sencillez del sistema operativo del iPhone, así como su elegancia y sofisticación, conquistarían a tantos.


En cualquier caso, para 2010 Nokia ya no era el monstruo que había sido en la primera década del siglo XXI, pero seguía teniendo la porción más grande del mercado. Su sistema operativo Symbian estaba en el 44% de los móviles, mientras que el Android (de Google) lo seguía lejos, en el 18% y después de ellos estaba el iOS de Apple, en el 14%.

Entonces, en febrero de 2011, Elop decidió enterrar el Symbian. Es verdad que era un sistema operativo farragoso y que cada día perdía más terreno. Pero su anuncio de reemplazarlo por el Windows Phone, que no iba a estar listo hasta fin de año, afectó brutalmente sus ventas. ¿Quién iba a comprar un smartphone cuyo sistema operativo caducaría al año siguiente? Ese trimestre las ventas de sus móviles inteligentes cayeron de 28 a 16 millones.

Nokia cerró el 2011 con el 30% de las ventas mundiales de celulares, seguida de Samsung (24%) y de Apple (7%). Al año siguiente, Samsung le quitó el liderazgo (se hizo del 29% de las ventas, mientras que la finlandesa se quedó con el 24%). En el campo específico de los smartphones, su caída fue mayor: pasó de tener el 16% de las ventas en 2011 a solo el 5% el 2012. La nave que conducía Elop se incendiaba cada vez más.

El lanzamiento de sus modelos Lumia frenó la caída y apaciguó en algo las llamas. Elop llamaba a la calma. Decía que su compañía seguía padeciendo el “entorno altamente competitivo” del negocio de la telefonía móvil. Y se declaraba optimista porque el público respondía positivamente a los Lumia y de ese modo “nuestros volúmenes de venta están aumentando trimestre a trimestre”.

Aquello fue un espejismo.

Las ventas siguieron cayendo y lo mismo el valor de la empresa. La cotización de sus acciones se derrumbó a 3 dólares en 2012 (había estado a 40 dólares en 2007). La situación fue tal que un grupo de accionistas demandó a los directivos acusándolos de haberles engañado al prometerles que la conversión a la plataforma de Windows Phone les traería ganancias. Muchos se preguntaban por qué no apostaron por el Android, como hicieron Samsung y otras telefónicas asiáticas. Pero no, Elop solo quería trabajar con Microsoft.

El 2 de setiembre, el anuncio de que los de Washington comprarían las divisiones de Dispositivos y Servicios de Nokia no resultó una total sorpresa. Parecía el paso natural. Lo que sí sorprendió fue el precio a pagar: 7.200 millones de dólares, un precio diez veces menor al valor de la compañía en 2010, cuando Elop llegó a “salvarla”. La suma, relativamente baja para los niveles en los que se mueven estos gigantes, sorprendió más porque en 2011 Google había adquirido Motorola, otra empresa en decadencia, de importancia histórica, pero de menor dimensión que Nokia, por 12.500 millones de dólares. En verdad, Nokia resultó una ganga.


Misión cumplida

“El caballo de madera, introducido en Troya con soldados escondidos en su barriga para acabar con la ciudad desde dentro, fue una broma infantil comparada con lo que ha hecho Stephen Elop con el símbolo tecnológico de Finlandia”.

De esta manera comenzó Javier Martín, periodista especializado en Tecnología de El País, su columna sobre la venta de Nokia a Microsoft. Él, y otros analistas de distintos países, están convencidos de que el desempeño del canadiense como CEO de Nokia no fue ineficiente (Tomi Ahanen, ex directivo de Nokia, lo llamó “el CEO más inútil de la historia de Forbes 500”) sino pura y simple “traición”. “No hay caso igual en la industria del móvil: del 34% al 3% [del mercado] en menos de tres años. Un descalabro tal no es casualidad. Es la consecuencia de un trabajo metódico y premeditado para hundir una marca y favorecer a un tercero: Microsoft”.

Quizás la teoría habría sido desechada con facilidad de no ser por una noticia que circuló hace unos días, poco después del anuncio de la venta: Elop es uno de los candidatos fuertes para convertirse en el próximo CEO de Microsoft, una vez que Steve Ballmer se retire. Ya hay quien dice que esta es la forma en que los de Washington le agradecerán que les haya ayudado a concretar tremendo negocio.

Sea como fuere, lo cierto es que con la venta de Nokia llega a su fin otra de las grandes compañías de telefonía móvil que dominaron el mercado mundial en los 90 y la primera década del 2000. Le ocurrió a Motorola, el inventor del celular, cuando la absorbió Google hace dos años. Y muy probablemente dentro de poco le sucederá a Blackberry, que busca un plan de escape (venta, asociaciones o alianzas con otras empresas) para salir de su grave crisis. Hace 10 años, el móvil que usted y yo llevábamos en el bolsillo seguro era de una de estas tres marcas. Ahora las tres están a punto de ser historia.

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