“Todo lo que empieza como alternativo acaba siendo un Starbucks”

10 Ago 2013 | 23:30 h

Gabriela Wiener

La primera exposición que curó Katerina Valdivia Bruch en Berlín, allá por el 2007, trataba sobre Lima, la ciudad que alguna vez tuvo una bienal de arte y la perdió. La urbe y las culturas híbridas fueron temas alrededor de los cuales un puñado de artistas limeños montaron instalaciones, esculturas, fotografías y piezas de videoarte. Años después, me reencuentro con esta curadora de arte y bailarina peruana que trabaja junto a artistas emergentes de todo el mundo, conectando los mundos de la danza y las artes visuales más activistas y críticas en uno de los focos culturales del planeta, museo vivo y actual epicentro de todo lo que se conoce como alternativo, hasta donde llegó hace ya 13 años. Que Berlín se haya convertido en la ciudad arty de moda es algo que ella prefiere mirar desde una distancia escéptica, aunque no niega que le beneficia: “Sí, algún provecho saco de este boom. Cuando digo que soy una curadora de arte en Berlín se me abren muchas puertas en el extranjero. Es como un sello de calidad”. Nuestra conexión peruano-alemana nos ofrece desde su departamento en Neukölln, barrio progresista al suroeste de la ciudad, una vista privilegiada del fenómeno berlinés.

Parece haber consenso acerca de que Berlín se ha convertido en la panacea social y cultural de Europa. ¿Es así?

Berlín es una ciudad que tiene mucho que ofrecer, pues hay espacios culturales y de experimentación de todo tipo, además de contar con un público muy variado y curioso. Es como Nueva York en los setenta, en tanto que es un laboratorio de producción artística. Eso no quiere decir que aquí se esté haciendo el mejor arte o que encuentres a los mejores artistas. El Nueva York de los setenta creó una escena que tuvo una influencia a nivel mundial. Eso no sucede en Berlín en este momento, pues los artistas no arriesgan tanto como lo hacían antes. Cuando recién llegué había muchos bares subterráneos, gente tocando música experimental o tecno, o presentando performances en espacios ocupados sin licencia. La movida era súper espontánea. Yo no viví el tiempo anterior a la caída del muro, que es realmente donde se dieron las propuestas artísticas más radicales, o los noventa con la segunda tanda de casas ocupadas por artistas –la primera se dio en los setenta–. Ese Berlín ya no existe, nunca será tan experimental. Puedo decirte que para mí, que he vivido los últimos cambios de la ciudad, ya ha empezado su decadencia. Berlín funciona así. Pasó con la Love Parade, por ejemplo. Empezó como un evento de música electrónica y al cabo de un tiempo se volvió un evento masivo que dejaba la ciudad mugre. Ese fue uno de los motivos por los cuales dejó de existir. A pesar de que mucha gente ganó dinero con la Love Parade, el costo en limpieza y seguridad para la ciudad era tan grande que prefirieron descontinuarla. Todas las cosas que nacen aquí con vocación underground, experimental y rompedora acaban siendo eventos masivos. En el mejor de los casos se vuelven instituciones, pero la mayoría son eventos comerciales sin propuestas nuevas. Todo lo que empieza como alternativo acaba siendo un Starbucks. Y lo mismo está pasando con la ciudad.

¿Qué consecuencias tiene esta tendencia?

Hace unos años nadie quería vivir en el distrito de Neukölln y ahora es el barrio de moda. Hoy en día se paga por un depa el doble de lo que yo pago desde que me mudé a este barrio en el 2007. En general, se construyen, compran y venden departamentos en un juego de especulación inmobiliaria totalmente desconectado con la realidad de la ciudad, pues Berlín es una ciudad pobre. Además, viene gente que no piensa en ser parte de la ciudad o en crear un espacio berlinés; no aprenden el alemán, no se integran, solo vienen por un tiempo para divertirse porque han oído que hay buena juerga o porque es un sitio donde se vive bien con poco. Berlín es un imán que atrae a mucha gente, pero eso no garantiza que aquí encuentres trabajo. La ciudad tiene un índice de desempleo que es el doble del promedio alemán.

Tú eres curadora de arte y has trabajado con artistas latinoamericanos emergentes que viven fuera. ¿Cuál crees que es el gran tema ahora mismo que subyace a sus obras?

No me gusta generalizar, pero uno de los temas que me ha llamado la atención es la pertenencia a un lugar determinado y cómo este se recrea a través de la distancia. Es una mirada forjada en la memoria, nostálgica e imaginativa hacia el continente. ¿Qué es Latinoamérica? ¿Es una cuestión geopolítica, ideológica, una identidad cultural, social o política…? A juzgar por las obras de los artistas con los que he trabajado, América Latina es un territorio para la ficción. Precisamente estamos trabajando junto a la artista argentina Valeria Schwarz en un nuevo proyecto que presentará a artistas latinoamericanos de la diáspora. En la exposición que curé hace un tiempo "¿Qué significa ser chino?", un grupo de artistas recreó a través de la fantasía y la memoria una lengua, un origen y un pasado familiar desconocidos. Se trataba sobre una China ficticia, un conjunto de ideas sobre el imaginario chino. Es un tema que se puede aplicar a cualquier país, pues el fenómeno migratorio es global y usé el concepto "China" como pretexto para hablar de esos temas. En la expo, el artista peruano de origen chino-alemán, David Zink Yi, por ejemplo, imaginó la mezcla interracial de un chino con una negra peruanos de la que nace una niña negra con ojos chinos, símbolo de la mezcla y de la integración positivas. Los sonidos del cajón afroperuano y la percusión china se escuchaban como música de fondo generando un ritmo contagiante. El trabajo de Zink Yi tematiza no solo la migración, sino también la esclavitud negra y la semiesclavitud china en el Perú. Más allá de hablar sobre China o sobre la diáspora, para mí tiene que ver con la mezcla cultural que enriquece a los pueblos y cómo nos apropiamos de ella, la hacemos nuestra. Y esa mezcla o contagio cultural existe en el Perú desde hace mucho tiempo.

¿Cómo conectarías Berlín, tu ciudad actual, y Lima, la ciudad en la que creciste?

Lima es gigante y es muchas Limas a la vez, es Miraflores y es los pueblos jóvenes. En ese sentido, Berlín es más homogénea, aunque los barrios se distinguen entre sí, principalmente por motivos ideológicos y no necesariamente por plata. La gente se muda de una zona a otra porque le interesa el arte, porque es de izquierdas o de derechas, tiene hijos o no quiere tenerlos. Tú te identificas con tu barrio y vives con gente que piensa más o menos como tú. En Lima, en cambio, si alguien vive en La Molina es porque puede pagarse una casa ahí y si vive en San Juan de Lurigancho es porque no le queda otra. La alcaldesa Susana Villarán se fue a vivir a un barrio marginal y la miraban y le preguntaban: ¿qué hace una blanca pituca aquí? Y, por supuesto, pasa al revés también de forma aún más radical. Alemania tiene fama de ser un país racista y carga el holocausto a sus espaldas, pero nunca he sentido aquí –al menos no en Berlín– el clasismo y el racismo irrespirables de Lima.

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