La penúltima vez que vi a Charlot

Fugaz encuentro con una leyenda del cineCine. Crítica

18 Dic 2011 | 0:00 h

Por Federico de Cárdenas

 

Ocurrió en el Festival de Cannes, en el que es usual que el gobierno francés, a través del ministro de Cultura, rinda homenaje a una personalidad destacada del arte cinematográfico. Ese año se premiaba al cine mismo, es decir, a Charles Chaplin. Se le nombraría “Caballero de las Artes y las Letras” o algo parecido. Nadie se preocupaba demasiado del título, tratándose de uno de los pocos mitos vivientes del siglo XX. Cualquier honor que se le tributara a un hombre que ya los tenía todos resultaba escaso, casi carente de sentido.

Hasta el final se especuló con la venida de Chaplin. Se conocía su salud precaria, su vida retirada en Vevey (Suiza). Una mañana –la noticia circuló cual reguero de pólvora entre quienes asistíamos al festival– se supo que Chaplin, sensible al honor que le iba a ser conferido, correspondía enviando una de las joyas de su filmoteca personal. Una copia, nueva y flamante, de Luces de la ciudad.

Hoy, cuando todos los largos y cortos de Chaplin han vuelto a exhibirse en las principales capitales del mundo y cualquier aficionado puede tenerlos en casa en espléndidas copias blu-ray, el impacto es difícil de imaginar. Pero contar que la última exhibición pública en Francia de Luces de la ciudad (1931) se remontaba a veinte años atrás puede dar una idea del asunto. Desde entonces Chaplin, dueño absoluto de los derechos de sus obras, no había vuelto a autorizar una proyección, ni siquiera en la Cinemateca Francesa que dirigía su amigo Henri Langlois.

Llegó la hora de la función y la gran sala de cuatro mil butacas estaba llena hasta reventar; había gente en los pasillos y hasta al pie del mismo ecran. La proyección fue seguida en un silencio casi religioso, interrumpido a veces, es verdad, por risas cómplices debido a las explosiones de humor chapliniano. Pero conforme la cinta avanzaba –es un melodrama sublime–  la emoción  iba ganando a los presentes y en la secuencia final, que es de una tristeza infinita, con Charlot perdiéndose solitario mientras la joven ciega que ha curado ríe viendo ante ella a un vagabundo a quien no identifica como su desconocido benefactor, toda la sala lloraba, y no exagero.

Y entonces vino lo maravilloso. Se encendieron las luces y un murmullo que fue haciéndose ovación electrizó a la sala entera: “!Es Charlot!”, “!Charlot ha venido!”, “!Está aquí!”, se escuchaba. En efecto, en el fondo de la sala, un viejito de cabeza muy blanca era ayudado a levantarse y nos saludaba agitando las manos. Todas las miradas estaban fijas en el mismo punto de la mezzanine donde el viejito sonreía y todos reconocíamos aquella sonrisa inconfundible que acabábamos de ver en la pantalla y que es la mejor herencia de sus hijos, el sello de los Chaplin.


¿Cómo se narra el encuentro con una leyenda? Mientras la sala estallaba en  aplausos, mientras la ovación seguía, interminable, diez, quince minutos, me fui abriendo paso hasta el hall de entraba. Después me contarían que el anciano se había conmovido y que su mujer e hija lo habían ayudado, muy lentamente, a subir los escalones hacia la salida, en tanto él se volvía, una y otra vez, a agradecer los vítores, que continuaban.

Ya en el hall, los asistentes que aplaudían fueron abriendo respetuosamente camino, yo entre ellos. Y así, sostenido por su mujer, Oona O’Neill, y por su hija Josephine pasó, muy cerca, Charles Chaplin, el hombre que para mí, como para millones en todo el planeta, encarnó y encarna aún la quinta esencia del cine y que me concedió el inmenso privilegio de encontrarlo en el cine.

En las afueras, en la explanada que bordea la playa, un auto lo esperaba. Todavía alcancé a ver cómo, dentro de uno de esos enormes buses que son como peceras para turistas, los viajeros reconocían al hombrecito. Los veía vocalizar en mudo “!Es Charlot!”, como si fueran extras salidos de uno de sus cortos. Pero ya el encanto terminaba y el auto con los Chaplin se perdía con rumbo a Niza. En el camino a mi albergue me esforzaba por prolongar esas imágenes, sabiendo que no se repetirían. Que me acompañarían para siempre.
 

 

Close up

100 años de la Nikkatsu

El centenario de esta gran productora japonesa ha sido festejado con ligero adelanto por la Cinemateca Francesa. Fue la compañía para la cual debutó el joven Kenji Mizoguchi, luego uno de los maestros del cine nipón y mundial. Hacia 1942, y por algunos años, fue incorporada a la Daie, pero desde 1954 recuperó su autonomía. Le debemos El arpa birmana (Kon Ichikawa, 1956) y fue la empresa para la cual trabajaron en sus inicios los cineastas de la Nueva Ola  japonesa en los años 60, como Shohei Imamura, Ken Kumai y Koreyoshi Kurahara. También fue famosa por su línea de cintas eróticas, que abandonó en los años 70. Desde 1994 se especializa en cintas para niños, pero sin el esplendor de otrora.
 

Cartelera

Ya se anuncia Conocerás al hombre de tus sueños (Woody Allen), aunque no para esta semana. Entre lo que sigue hay que ver Rito diabólico (Park Chan-wook) y Un novio para tres esposas (Richard J. Lewis), si es que quedan. Tintín (Spielberg) será estreno de Navidad. Ojalá pasen al menos una copia subtitulada.

Steven Soderbergh terminó Indomable, sobre una agente freelance (Gina Carano) que hace operaciones riesgosas por contrato hasta que su identidad es descubierta. Prepara Magic Mike (sobre un estríper) y un biopic sobre Liberace. Para encontrarse próximo al retiro (como dijo) luce de lo más atareado.

Nos dejó Dev Anand (88), actor, productor y director de Bollywood con una prolífica carrera iniciada en 1945. Apodado el Gregory Peck indio, actuó en unas 120 películas, manteniendo su popularidad masiva hasta el final. En su copiosa filmografía destacan Bazzi (Guru Dutt, 1951) y La apuesta. Había estrenado Acusación en setiembre pasado.

También se fue Harry Morgan (96), protagonista de un centenar de películas del cine USA desde 1942, entre las cuales están Oxbow incident (1943) y Cielo amarillo (1948) de William Wellman, El castillo del dragón (Mankiewickz, 1946), Madame Bovary (Vincente Minnelli, 1949) y Horizontes lejanos (Wyler, 1952).

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