La extinción de El Troglodita

28 Ago 2004 | 19:00 h

Bastante lejos de la gloria que arañó durante la nueva ola, Enrique Roberto Tellería Dávila fue encontrado muerto el primero de agosto, en completo abandono y víctima de vicios de los que no pudo (o no quiso) liberarse.

Por Juan Álvarez.-

"Lucho, preséntame como si fuera mi último show...". Jean Paul El Troglodita estaba en el cartel de esa noche, víspera del Día de la Madre, y había gente ansiosa de verlo en escena, pero Lucho Aguilar, uno de los principales promotores de que la Nueva Ola peruana siga captando público, dudaba en anunciarlo. Había hecho caso por fin a los mensajes que El Troglo enviaba a su celular ("Lucho, contrátame, aún no estoy muerto"), pero no sabía si debía arriesgar tanto.

El otrora cantante conocido por destrozar (literalmente) el escenario enfundado en traje de cuero o de matices atigrados lucía en ese momento flaco, ojeroso, cansado y sin ilusiones mayores que la de, simplemente, alimentarse de los aplausos que devolvieran a su retina destellos de cierto apogeo.

Entregado a la bebida y a otras sustancias, a punto de ser abandonado por la mujer que intentó conducir su carrera al menos de manera decente, harto del asedio de un par de demandantes (una mujer en pos de una pensión alimenticia, otra por la propiedad de la casa en la que vivía) y de los amigos que solo lo buscaban para seguir sangrándolo, Enrique Tellería parecía haberse enterado ya que el disco de su vida iba rumbo a dejar escuchar sus últimas notas.

La puerta abierta

En la calle Manuel Turraba, de Las Begonias, San Borja, las noches son más tranquilas desde el primero de agosto. Ese día, domingo, Cecilia (38) volvió a hacer de tripas corazón para mirar a los ojos a Enrique. Lo había llamado el martes, para preguntarle cómo seguía, y él, con voz más cansina que nunca, le contestó que igual, que en su caso quería decir peor. "Estoy así por ti", le increpó nuevamente el cantante, quien al parecer nunca entendió que si ella se fue es porque el amor resulta insuficiente cuando a cambio se recibe hostilidad y permanentes promesas que no se llegan a cumplir.

"Por favor, cuídate", dijo Cecilia al despedirse. "Te llamaré, y si puedo te visitaré en estos días", anunció para tranquilizarlo. "Está bien. Te estoy dejando la puerta abierta, gordita...", balbuceó él antes de colgar.

Y ella llamó el miércoles, el jueves, el viernes y el sábado. 58 veces, tal como lo consigna el teléfono fijo de Enrique. El Troglo nunca contestó. Los presentimientos arribaron puntuales, e inquietaron tanto a Cecilia que la llevaron hasta la casa. El silencio imperaba, también el temor. Le pidió al vigilante César que la acompañara hasta la puerta, y cuando se disponía a sacar la llave, vio que no era necesario: estaba abierta. La fetidez confirmaría sus sospechas: lo encontraron tendido de espaldas, al pie de la cama, con los ojos y la boca abiertos.

No quedaba más que avisar a la policía y a una de las hijas de Enrique, Carla, quien se encontraba cantando en pleno servicio evangélico. Ella, a su vez, llamó a doña Elsa, madre del último hijo del cantante, y quien fue la que dio la cara a los reporteros que se despedían ya del feriado largo, y quien se llevó lo que El Troglo no había conseguido vender para solventar sus vicios. Luis Yaker, un amigo que le había comprado las acciones que le correspondían de la casa en litigio, pagó 2,380 soles para que tenga un entierro digno en el cementerio de Lurín. El Troglo había luchado siempre contra el olvido, mas no pudo evitar que su muerte sea consignada apenas en una página policial.

Un espectro viviente

El parte oficial señala que Enrique Tellería falleció de edema pulmonar que habría desencadenado una broncopulmonía y un ataque cardiaco, pero la prensa popular intentó hacer de su deceso una novela con datos de tinte más dramáticos y controvertidos.

Como sea, el vecino Raúl Salazar cuenta que no era la primera vez que pasaban días sin que Enrique asomara su delgadísima figura (lo han descrito como "un espectro viviente"), y sin despegarse de las paredes para no caer. El alcohol, las drogas y la depresión lo habían convertido en un personaje indeseable. Un ermitaño que ni siquiera aceptaba que le regalen comida.

En todo caso, el último favor que pidió fue al vigilante: que le comprara leche, jugos y gaseosas, el lunes 25. Dicen que a esas alturas de su drama, cualquier líquido era ideal para preparar una combinación etílica, reforzada con diazepán y la comprensible debilidad por falta de alimentación. Era, aseguran los vecinos, como si él mismo pretendiera acelerar el desenlace, harto de no haber sido capaz de prolongar la buena pero efímera vida que otorga la fama. Y vaya que se salió con la suya. Allá va El Troglodita, aferrado a una ya viejísima ola.

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