Miguel Aguirre Vendrá la muerte y tendrá tus ojos

7 Ago 2001 | 19:00 h

Si se trata de artistas jóvenes, él es el pintor con más talento y proyección, según los más reputados críticos de arte. Acaba de ganar uno de los premios de plástica más importantes del país, el de la Fundación Telefónica, que le ha entregado una beca de estudios dotada con 20 mil dólares para una estancia de un año en Europa. Tanático, católico convencido, clásico y experimental a la vez, pesimista pero preocupado por la realidad nacional, su pintura es una lucha encarnizada contra el olvido individual y social. Se llama Miguel Angel Aguirre Vega, tiene 28 años, y está a punto de partir a España. La plástica nacional espera muchísimo de él.

Escribe MIGUEL ANGEL CÁRDENAS

Si el rostro de la Muerte tuviera el semblante de un asesino a sueldo mirando con ternura a su hijo recién nacido, Miguel Aguirre le tomaría una instantánea, la alteraría de inmediato en Photoshop colocando su propio retrato en medio, la imprimiría en un cartel y la pegaría a las afueras de un cine antiguo con el título: "No tocar, pintura fresca".
Devoto impenitente de Andy Warhol y la alergia contagiosa del Arte Pop, Miguel tiene 11.30 y 12.15 de miopía en cada ojo cinéfilo (adora a Tim Burton por sobre todas las cosas y al cineasta de la imagen lánguida y borrascosa, Andrei Tarkovski).
Es fanático redomado del hip hop y del brit-pop de Radiohead y Moby, y del teatro "pero sólo por mi novia". Por esto último, su sala está decorada con retratos de ella, la actriz Jimena Lindo, dibujada con trazos incandescentes. Además, tiene un estudio cúbico en la azotea de su casa, donde trabaja y donde el frío parece amarillo.
Con 28 años cumplidos el miércoles último, Miguel Aguirre pinta "para luchar contra el olvido".
De niño lo hacía con fruición, usando los plumones con colores intensos de su padre, que es arquitecto. No obstante, en la secundaria dejó de hacerlo inexplicablemente. Ingresó en la Universidad Católica para estudiar diseño gráfico, pero "al año de aburrimiento" decidió cambiarse a pintura, recobrando su entusiasmo de la infancia.
La Católica lo marcaría. Allí le enseñaron todos los fundamentos técnicos y académicos que han hecho de él un pintor pulcro y depurado, según críticos de arte como Rodrigo Quijano. Aprendió a dominar la perspectiva y a usar la paleta a lo Cesanne, combinando 10 u 11 colores: los cálidos, neutros y fríos. Sin embargo, también sintió la necesidad imperativa de romper con lo que la Católica como escuela promocionaba o apoyaba, según él: la preeminencia del estilo impresionista y de manifestaciones de principios del siglo XX.
En sus tiempos la facultad rechazaba o ignoraba propuestas contemporáneas como el Pop Art o propuestas más radicales como el Arte Minimalista o el Arte Conceptual, y ni qué hablar de performances o hapennings. Con compañeros de estudios como Fernando Olivos y Max Hernández se interesaría por propuestas más vanguardistas.
Sus referentes locales fueron Jaime Higa y Piero Quijano. Entre los foráneos modernos, aparte de Warhol, lo deslumbró el figurativismo de imágenes cargadas y crudas de Lucian Freud y el estilo experimental del norteamericano Chuck Close.
Sin embargo, remarca sus deudas con los clásicos: Reembrandt, Caravaggio, Mermeer. Y su embeleso por Las Meninas, La Venus en en el espejo y los bufones de la Corte española que pintaba Diego de Velásquez, "el más extraordinario".

ENTRE EL CLAROSCURO Y EL TECHNICOLOR
Su pasión por el cine y la música lo llevó en un principio a pintar fragmentos de películas, con estrofas, coros y títulos de canciones apostillados. Punto culminante de lo cual fue su tercera exposición "Film Noir" en el 2000.
Nueve cuadros en los que altera afiches del cine policial "negro" (que tenía como iconos a Humprey Bogart y al fabuloso James Cagney), donde gángsters y mujeres fatales son reemplazados por sus amigos ("la familia que se elige"). Ahí, aparecen actores como Melania Urbina, Giovanni Ciccia y su omnipresente Jimena Lindo, imbuidos en trajes de época, con pistolas y en lugares sórdidos.
En esta exposición utilizó referentes de la coyuntura política. Pues el género negro, desarrollado en Estados Unidos entre los años 30 y 60, cuadraba perfecto (mafia, delincuencia, corrupción policial y judicial) con el Perú del fujimontesinismo.
En su trayectoria, Miguel hace una distinción entre su primera exposición y las siguientes. En su debut, la muestra "Historia gris del rojo Amor" (1997) fue demasiado dispersa, irregular, "no reflexionaba mucho sobre el contenido y la temática conjunta". Los comentarios de colegas y su propio autoexamen le indicaron que "esa no era la manera".
Los comentarios de los críticos fueron lapidarios. Aunque ningún comentario lo tumbó, "porque yo mismo soy muy autocrítico".
Desde entonces, trabaja con una idea fija. "Mendel" en 1999, "fue superior de lejos a la primera", porque su obra pictórica alcanza unidad y solidez en la factura y en los registros. Aquí hace un estudio plástico de sus parientes más cercanos, con fotos de su álbum familiar (tanto las tipo carnet, las tomadas en un estudio y las cotidianas, de viajes, de celebraciones), que alteraría digitalmente con programas de computadora.
Monomaníaco de su memoria afectiva y autorreferencial por generación espontánea, su familia es tanto su fuente de inspiración como su objeto de estudio.
En "Mendel" alude a Gregor Mendel, el padre de la Genética. Y por ahí va su búsqueda: ahonda en el espíritu de sus genes. En la primera serie "El Buen Fausto" incluyó entre las fotografías familiares (en situaciones típicas de clase media) a un amigo imaginario, que juega con el mito de la inmortalidad y del eterno retorno. En "Luna de miel", aparece él mismo acompañando a sus padres, 27 años antes de que naciera, en la época en que justamente pudo ser concebido.
En los cuadros de la serie "Los Muertos", con la que ganó el premio de Telefónica, utiliza los retratos fotográficos de su abuela Hortensia, su tía Rosa y su hermana Patricia, ya fallecidas, para hacerles zooms, desenfocarlos, trabajarlos por encuadres.
La fotografía siempre ha sido un modelo para su pintura. Al principio las usaba para collages, pero después perdió su rol subalterno y fue incorporándolas a su obra pictórica, con filtros del Photoshop ("una maravilla").
Sus imágenes sin foco hacen de la expresividad de los rostros (por los que siente una predilección especial): huellas digitales, radiografías, negativos de película a color. Miguel juega con los efectos de sombra, difuminados, esfumatos. Conformando así las más sugestivas formas: bocas que parecen cicatrices de cuchillo, ojos como arañas de luz apagadas, narices como cuervos en vuelo; dando siempre la percepción de "instante" en el gesto: un segundo antes del llanto, un segundo después de la muerte. La mirada de sus personajes juegan con la sensación de lejos-cerca, de material-inmaterial. "Vendrá la muerte y tendrá tus ojos", provoca decir como Pavese, al conmo-vernos con sus retratos.

SOBRE HEROES Y TUMBAS
Miguel no concibe el arte de manera romántica. Para él: "un cuadro está terminado porque antes de pintarlo ya sé cómo va a ser, no soy de aquellos que tienen horror a la tela en blanco". Define su método de trabajo como "ocio creativo".
En el último tiempo ha querido definir racionalmente una identidad. Partiendo de un grupo muy pequeño, su núcleo familiar, ha ido incluyendo a primos, tíos (la familia extensiva) y amigos para finalmente llegar a toda la humanidad.
Siguiendo inconscientemente el consejo de León Tolstoi: "habla de tu aldea y serás universal", Miguel cree que su mundo más personal, en la interacción con el público, irá abandonando poco a poco los nombres propios para que cada uno encuentre su propia vicisitud ahí. "Todos vivimos en una determinada sociedad con hábitos comunes, nuestro grupo familiar nos posibilita una determinada personalidad, una forma de desenvolvernos en esta sociedad. Mi pintura busca el hallazgo, la pertenencia a, la pertenencia de".
En esta búsqueda de pertenencia, Miguel define a su generación menos por sus proyectos comunes que por haber vivido la infancia y la adolescencia sobre todo durante la guerra interna contra Sendero Luminoso. "Somos una generación paranoica y temerosa, que creció con la radio de pilas, el cochebomba, la falta de agua, con un régimen nefasto como el aprista, con las colas... para después terminar con la dictadura criminal de Fujimori y Montesinos".
La generación de Aguirre, empero, tiene también otro referente: la ruptura de la abulia con las protestas estudiantiles, iniciada fundacionalmente con las marchas contra la destitución del Tribunal Constitucional. Y que tuvieron un punto de quiebre fulminante con la presentación del video Kouri-Montesinos. "Ese video me marcó mucho", confiesa Aguirre, quien no integra en un colectivo "porque no quiero usar eso como propaganda personal para levantar mis bonos", pero que asistió a la Marcha de los Cuatro Suyos, "de manera impersonal, me gusta más luchar por lo bajo, donde no me vea casi nadie".
Simpatizante de izquierdas desde el colegio, critica ahora el que no haya una agrupación política progresista con la cual identificarse. "Tal vez sea pesimista... pero prefiero denominarme realista, no me ilusiono mucho porque después la frustración es muy grande".
Miguel se define como un católico creyente, tiene una seguridad estremecedora en que hay otra vida, en que hay cielo e infierno, donde cada uno paga lo que ha hecho en la vida. Pues según él "el perdón no salva el alma".
Miguel Aguirre nunca pinta entre la 1 y las 4, y jamás antes de las 9, sus expectativas actuales se dirigen a aprovechar que no va a tener que preocuparse del dinero por un buen tiempo. Abandonará por esto su labor de maestro en Corriente Alterna, donde enseñaba pintura libre y programa de proyectos y a la que califica de "buena experiencia, la enseñanza es formidable, permite la reelaboración de ideas y conceptos; salir del fango que inmoviliza". Su viaje será una experiencia inédita, él espera toda una revolución en su vida y en su arte.
Una de sus mayores gratificaciones es que algún desconocido lo encuentre por la calle y le comente lo mucho que lo afectó uno de sus cuadros. Miguel, encandilado, le pediría una foto suya, o conservaría ese rostro extraño en su memoria para pintarlo después. Sería "el amigo de la familia", sin siquiera conocerla. Tal vez nunca se vuelvan a ver más, pero juntos le habrían asestado un duro golpe al olvido, el enemigo público número uno.

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