
| Página 16 |
El ande, el mar y Larcomar. Llegaron de Andahuaylas para promocionar el carnaval de Puckllay. Músicos y danzantes de una comunidad andina recorrieron por primera vez la capital. El encuentro con el mar fue alucinante, aunque en el camino tropezaran con los prejuicios de siempre. Hoy ya deben estar de regreso. No van a olvidar esta visita.
Por Alfredo Pomareda Fotos: Ana María Castañeda
“Las lagunas de Lima se quieren salir”. La frase, traducida del quechua, es de Santos Zúñiga Leguía. Músico andahuaylino. Ojotas talla 27. Noventa centímetros de estatura. Sombrero de lana de alpaca. 42 años. Jardinero del centro poblado Champaccocha. Orejas peladas por el frío de la puna. Así es Santos, un campesino que ahora se ríe de miedo frente al mar de la Costa Verde. Estamos en Miraflores y las chicas en bikini que se broncean en la playa Waykiki se demoran en entender que este enano de voz atiplada y de colorido atuendo no es un duende, es un hombre que goza de su primer y esperado encuentro con la superficie del mundo marino.
“Las lagunas de Lima se quieren salir”, repite Santos. Se refiere al oleaje, a ese ir y venir del mar, tan natural para los limeños y a la vez tan extraño para los ocho danzantes y músicos andahuaylinos que están en la capital, tras un viaje de veinte horas, para promocionar el Carnaval de Puckllay. Un evento que se desarrollará en Andahuaylas del 7 al 21 de marzo y que merece visitantes. Santos se moja los pies con el agua salada, camina por el muelle, huye del mar que se retira y vuelve con fuerza, se ríe con la libertad de un niño. A decir verdad, él siempre será un niño bigotudo y con cabello ralo, un niño cuarentón, con dolores a la columna, un niño que toca con maestría la tinya, el tambor del ande. Santos no sabe que el mar es profundo, ignora que la corriente es despiadada con los que no saben nadar. “Esto no es como en Pacucha”, dice Santos, siempre en quechua. Pacucha es una laguna hermosa de Andahuaylas que encierra leyendas de muerte y de encanto. Pero el mar, el mar es mucho más inmenso de lo que Santos calculaba. Desde una camioneta miramos el litoral, corremos a 80 kilómetros por hora, con las ventanas abiertas. En los asientos de atrás están Santos y Carlos Vargas, de 28 años, y su pequeña hija Cynthia, de solo cuatro abriles, fungen de copilotos.
Carlos tiene en la cabeza “un zorro de la puna que se traga ovejas”. Está disecado, lógicamente, y este andahuaylino que sí habla español ha decidido usarlo de sombrero durante todo el carnaval. Cynthia es una Magaly Solier en miniatura: linda, natural, de facciones muy finas, de ojos redondos y oscuros, una niña que puede enamorar a cualquiera. Los dos han conocido el mar y están mojados y encantados, salvo por el sol de Lima que, unido a la brisa, les produce un ligero ardor en el rostro. Pero esas vallas del clima se pueden saltar: la emoción por lo nuevo puede más.
Larcomar lastimero
El Mar - Larcomar. Esa es la pequeña ruta que tenemos para nuestros visitantes. De Waykiki subimos hacia Larcomar y, de pronto, nos topamos con esa Lima que duele. “Un momento, no pueden bajar”, les dice el vigilante de este centro comercial a los ocho andahuaylinos que lucen sus mejores trajes de comparsa y que además no entienden muy bien la prohibición porque casi todos son quechuahablantes. Es como si Armando de Luque le presentara la Biblia a Atahualpa. Los músicos y danzantes del ande se paralizan de temor y poco a poco entienden que algo anda muy mal.
El vigilante llama a su jefe, el jefe asegura que los andahuaylinos pueden bajar, pero la fotógrafa de esta revista no. “¿Por qué?”, le decimos. “Porque no se pueden hacer fotos”, responde el desdichado y, sin embargo, observamos desde arriba cómo decenas de turistas se retratan en “el lugar prohibido”. Al fin llega José Ignacio Bullard, el relacionista público de Larcomar y se disculpa. Pero eso vale poco, porque el pésimo momento que han vivido los artistas de Andahuaylas no se puede recuperar. Y uno que quería escribir sobre la Lima acogedora. Pero aún hay más. Los andahuaylinos, una vez superado el altercado con los vigilantes, se sientan en una pileta y miran el hotel Marriot. Un lujo que nunca habían imaginado. “Te puedes mirar la cara aquí”, dice Santos, quien observa su reflejo en una de las lunas de la fachada de este hotel cinco estrellas. “¡Cinco estrellas, tan poco, en el cielo de Andahuaylas hay millones!”, ríe Carlos, mientras libera de sus manos a su pequeña Cynthia. La risa hace que todos se olviden de los malos momentos y entonces, luego de pasear por los exteriores del Marriot, deciden mirar atrás y observan cómo las escaleras eléctricas suben y bajan y eso sí que los vuelve locos. Se ríen y se acercan a la escalera de Larcomar, al fin libre de vigilantes, y se aventuran a subir por ella. Y pasa lo que tenía que pasar: las mujeres se asustan, los hombres resbalan. Todos pierden el equilibrio, menos Santos, el músico más equilibrado del día.
“Desde el 2003 ellos celebran el Carnaval de Puckllay. Esta es una fiesta de importancia nacional”, ensaya David Salazar Morote, el presidente regional de Apurímac, quien ha acompañado a los artistas de Champaccocha en todo su recorrido. Se ha indignado, ha reído, ha aplaudido. Todo en un día.¿Qué es lo que se lleva un andahuaylino que visita la capital? “Buenos recuerdos”, responde el pequeño Santos, ahora rodeado de miraflorinos que lo miran como a un peluche. Muy cierto, Santos, Lima a veces es una ciudad para recordar… de lejos.
Participe
Lea las Normas de Uso.
Me he emocionado al leer la nota. soy un limeño promedio; es decir mezcla de serrano y serrano, la verdad es que creo que nuestro paÃs crecerÃa exponencialmente si apreciaramos lo que somos y lo que tenemos.
¡¡Viva el Perú caracho!!
Qué vergüenza, Larcomar. Pero hay que decir que la discriminación está prohibida por ley. Indecopi tendrÃa que decir algo al respecto. Los periodistas hicieron alguna denuncia? Creo que tenÃan que haberlo hecho.
Lamentable lo sucedido en Larcomar.
Cuanta nostalgia he sentido a leerlos, mi Andahuayla, mi Pacucha y si pues alla tenemos un montoooon de estrellas :)
Lastima lo de Larcomar, ojala algun dia no haya mas discriminacion de ningun tipo.
Enviar un comentario nuevo