Alexis Díaz Pimienta: “La improvisación es la imperfección perfecta”

Maritza Espinoza

Tú naciste en un entorno en que la gente hablaba en décimas, ¿verdad?

Claro. Aunque nací en La Habana, mi padre era de origen rural, de una zona de Cuba que se llama Pinar del Río, donde hay una gran tradición de repentismo, de punto guajiro, de improvisación. Y en mi casa se juntaban los improvisadores más importantes del país a improvisar. 

¡Mamaste eso desde pequeñito!

Desde pequeñito, décima en vena (risas). A los cinco años, yo empecé a improvisar con mi padre.

¿Antes de saber leer…?

Antes de saber leer,  de saber escribir, ¿de ir a la escuela, yo ya hacía décima. Y comencé entonces una carrera de repentista infantil, a estar en todos los espectáculos y programas de televisión.

¿Eras como un niño prodigio?

Mi infancia no fue una infancia normal. Comencé desde muy chiquitico a trabajar en televisión, radio, teatros. Luego arrastré a mi hermano Marcelo y empezamos a hacer pareja de niños improvisadores en todos los festivales. Y así fue mi encuentro con la palabra, con la música y con la poesía en general.  

El repentismo fusiona todo eso, ¿no?

Fusiona tres artes complementarias: la literatura, que es el texto; la música, que es el canto; y el teatro, porque tiene un gran componente escénico. Era como vivir en una obra de teatro clásico, hacer, desde temprana edad, un viaje hacia el siglo de oro. Y creo que de ahí no he salido (risas).

¿Qué tiene un repentista en la cabeza que da esa velocidad de reacción oral?

Palabras. El repentista es un consumidor de palabras. En el universo todo es vocalizable, todo es convertible en voz. Un repentista tiene las herramientas y el poder de transformarlo todo en palabras. Y para eso tienes que tener una relación con el idioma diferente al resto de los hablantes. Cuando todo el mundo está viendo en el idioma algo funcional, el improvisador ve, además, la parte estética. 

¿Eso pasa a ser una deformación profesional tal que todo el tiempo estás pensando en décima?

Totalmente. Yo he tenido momentos de mi vida muy peligrosos, de enloquecimiento total, de estar queriendo que mi cerebro no haga versos, y mi cerebro no haciéndome caso (risas). 

¿Cómo así?

Cuando tenía 18 o 19 años, la etapa que más improvisaba, iba a actuar en las festividades de un pueblo, y me pasaba la semana entera, 20 horas cada día, improvisando. Claro, después llegaba a La Habana e intentaba desconectar los cables de improvisación y a veces no podía. Iba en un autobús y todo lo que pasaba alrededor  lo reproducía en verso. (Recita) Esa mujer ha subido con una cartera roja, vaya enorme paradoja… (Risas)

En este momento no estás pensando en décima, ¿no?  

Ahora no. Con los años, al final he logrado vencer la deformación profesional. Pero me costó muchos años de conectar y desconectar. 

¿Y en el amor te sirvió?

Ha servido siempre, pero no solo a mí: a Cyrano y al Quijote. La poesía y el amor tienen una relación muy estrecha. Sí ha servido. Yo soy un hombre feliz y la poesía me ha ayudado a ser feliz.   

¿Qué te llevó a España: el amor o la improvisación?

El amor. ¡No! Realmente me llevó la improvisación, pero encontré el amor ahí. Me fui a un festival de repentismo y conocí a mi esposa y me cambió la vida.  

Tú has crecido en la Cuba en la Revolución y todo.  ¿Cuál es tu vínculo con el sistema cubano?

El mismo de siempre. O sea, aunque vivo en España hace 20 años, mantengo mis vínculos con Cuba. Dirijo una cátedra en la universidad de La Habana, dirijo escuelas de repentismo, sigo siendo repentista en la televisión. Y aunque puedo vivir en cualquier lugar del mundo, siempre digo que vivo en Cuba.

Has dicho que eres un islote fuera de la isla.

Sí. Yo llevo a Cuba dentro de mí y donde esté, siempre estoy en La Habana. Porque toda la realidad que me circunda pasa por el filtro de mi ciudad. 

¿Tienes relación personal con Fidel, siendo tú tan conocido en Cuba?

Pues sí, yo he trabajado mucho con Fidel en algunos espectáculos oficiales de actuación. Me han invitado y yo he participado.

¿Nunca le has hecho una décima? 

La primera décima que le hice a fue cuando yo tenía ocho años. Canté para Fidel siendo un niño en uno de los grandes espectáculos y, luego, he podido actuar para él muchas veces y le he hecho muchas décimas.

¿Qué pasa si el repentista tiene una laguna mental de pronto?

Las hay, y las hay muchas. Yo siempre digo que la improvisación es la imperfección perfecta. Es el único arte donde un error tiene un valor estético positivo, porque demuestra simplemente lo difícil que es lograrlo.  

Finalmente, viviendo tantos años en España, ¿cómo has hecho para no perder el dejo cubano en absoluto? (Risas)

Yo supongo que la cubanidad, el habanerismo, uno lo lleva en la sangre y es un signo de identidad que ni te preocupas por él: está allí. De todas formas, cuando voy a Cuba, sí me notan que he cambiado de acento. Pero basta que esté tres días en La Habana y, ¡ya!, lo retomo con fidelidad.   

LA FICHA

Nací en La Habana, Cuba, hace 48 años, en una familia de repentistas,  esos artistas de la palabra que improvisan en décima. Soy escritor, investigador y maestro. He escrito 28 libros. Vivo en España, pero dirijo la Cátedra Experimental de Poesía Improvisada, y soy Subdirector del Centro Iberoamericano de la Décima y el Verso Improvisado de La Habana. Estuve en Lima para participar del Festival Internacional de la Décima 2014.

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